Fecha: 25/07/2009
Señor xenófobo. Me llamo Amanda, tengo ahora veinte años no más, y nací en El Salvador. Un precioso país centroamericano donde más de un millón de jóvenes abandonamos el amor de la familia para no morir de hambre. Allá, en una choza de cañas junto a una aldea costera quedaron mis papás y mis hermanos pequeños aguardando mis ingresos para poder sobrevivir.
Le escribo esta carta desde una garita del TEAR durante un momento de mi guardia como infante de marina. Sí. Aquí mismo; desde su propia casa ¡Qué paradoja! Alistada en los mismos Tercios que oprimieron mi tierra hace quinientos años. Cualquiera me tacharía de loca imprudente que vino a meterse solita ella en la boca del lobo, ¿verdad?. Pero no. No estoy solita. Conmigo hay otro puñado de nativas criollas que viajaron también para obtener su futuro en feudo extraño.
Mujeres emigrantes que sufrimos la aversión de gente como usted, que se opone a contemplar el mundo como un lugar libre, y rechaza nuestra presencia argumentando excusas de usurpación laboral sin acordarse del éxodo que sus mismos compatriotas efectuaron al centro de Europa décadas pasadas cuando aquel fascista glorificaba la emigración obrera como conquista proletaria, mientras los que quedaban aquí, tenían que alzar al cielo quebrado la mano derecha, para poder coger una pieza de pan con la otra. ¡Que poca memoria histórica tienen los intolerantes!
Usted es un discriminador que desprecia altivo las diferencias genéticas que observa en los demás seres humanos. Un retrógrado contumaz que escupe a nuestro paso, nos fusila con la mirada y contiene la respiración cuando nos cruzamos en los pasillos de cualquier supermercado. Lo que usted no sabe es que eso a mi no me perturba porque cuando dejé mi pobre hogar, ya sabía que este predio de libertades contaba con fanáticos étnicos como usted, y que por mucha humillación a la que me sometiera su malicia, no se aproximaría ni en sueños a las cicatrices que la miseria esculpe en el aliento. Por eso usted no me daña, señor sectario.
No se confunda. Mi indolencia ante su rechazo no implica temor ni humillación; se trata de correspondencia simplemente. Usted quiere herirme con su actitud y yo manejo mi educación y mi respeto para rebatirla.
A mí me asiste el derecho inviolable de elegir mi futuro y lo hago pacíficamente. Sin imponer mi cultura, mi mando, mi religión ni mis leyes. Sin propagar enfermedades. Sin someter. Sin violar. Sin martirizar ni exterminar como hicieron aquellos ejércitos a los que usted, seguro, otorgaría sin dudar Patente de Corso para expoliar de nuevo las entrañas de un pueblo ingenuo.
Pero llega usted tarde señor intransigente. Su grito racista vaga solo en los estadios. Sus propios paisanos lo denuncian. Cada vez está más aislado. Con los escombros de las fronteras que el hombre libre derriba cada día, usted levanta muros en su corazón. Está perdido. Mientras yo grito al viento mi universalidad, usted alimenta sin esperanzas su racismo mugriento. Esta es mi ventaja señor xenófobo: mi horizonte presagia un alba esplendoroso y el suyo un crepúsculo decrépito. Será ese día en el que los hombres no tengan necesidad de escribir cartas como esta. Mientras tanto, que su odio lo acompañe.
Autor: Paco F. Frías
Fuente: andaluciainformacion.es